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Justina Rodríguez García. Departamento de Historia Medieval y Moderna. UNED. Como contraste, en Castilla, en donde existió durante la Edad Moderna un importante desarrollo de la manufactura de vidrio, actividad favorecida por la vecindad de la Corte y la abundancia de bosques, la competencia foránea, concretamente veneciana y flamenca, fue decisiva para los vidrieros de la zona. Precisamente por la presencia de la Corte, Castilla fue muy visitada por artistas extranjeros que se establecieron en Madrid y sus inmediaciones, debido a la atractiva oferta de trabajo que allí se generaba. Los vidrieros castellanos se vieron obligados a competir duramente no sólo con las manufacturas importadas, sino también con los propios artesanos venecianos y flamencos, que, al igual que en otros lugares de Europa, se instalaron en Castilla con el patrocinio real. A pesar de ello, los centros donde tradicionalmente se manufacturaba vidrio —Valdemaqueda, Cadalso de los Vidrios, San Martín de Valdeiglesias, El Quejigal, Recuenco, etc.— continuaron su actividad durante estas dos centurias, intentando responder adecuadamente a las exigencias del mercado. En Valdemaqueda, por ejemplo, los hornos estaban todavía activos en 1680 y se trabajaba a la manera de Venecia, dato que conocemos a través |
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de una tarifa de precios de ese año, en la que figuran «copas labradas y otras hechuras particulares de Barcelona, Valdemaqueda y Villafranca, contrahechos de Venecia, a cuatro reales». En esta localidad se establecieron los maestros Juan Danis y Francisco Herranz, cuyos nombres se conocen por el Tratado que ambos escribieron sobre la obtención de las distintas clases de vidrio y el modo de hacer las vidrieras. El centro castellano de más renombre fue, sin duda, Cadalso de los Vidrios, aunque se ha investigado muy poco su historia. Una vez más, son los testimonios literarios coetáneos —que ensalzan los productos de sus hornos y la gran difusión que tuvieron— y la presencia en los inventarios de bienes de los «vidrios de Cadalso» los que informan sobre la calidad del trabajo de los artesanos de este lugar. Se tienen noticias de un maestro llamado Juan Rodríguez, activo en la primera mitad del siglo XVI, «maestro de labrar el vidrio de todas suertes, así de lo común, como de lo blanco e verde e de lo rayado a la manera de Venecia», que aprendió su arte en Murano y en Barcelona, y trabajó en Sevilla, Cadalso y Alcalá la Real (Jaén). De la producción de Cadalso nos han llegado algunas muestras, pero sorprendentemente no |
· El soplador de vidrio (VI). |


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responden al nivel de calidad que debieron tener, si nos atenemos a los documentos coetáneos. En el reinado de Felipe II existió un horno en El Quejigal, en donde trabajaron Francisco y Hernando de Espinosa, ayudados por el catalán Galcerán y Diego Díaz, dedicado a manufacturar vidrieras para el Monasterio de El Escorial, así como objetos de vidrio hueco para el abastecimiento de dicho monasterio, el cual decayó notablemente tras la muerte del monarca. Pero el fenómeno más interesante en relación con la actividad vidriera castellana es la presencia en la zona de maestros extranjeros. En 1606 llegó a Madrid el veneciano Domenico Barovier, al que ya se ha aludido, procedente de Palma de Mallorca, en donde estuvo cinco años sin llegar a abrirse camino profesionalmente. Este maestro consiguió abrir un horno en El Escorial para manufacturar todas las vidrieras necesarias para la casas reales y sobre todo para el monasterio con el apoyo real y ayudado por un socio de Ragusa que no era del oficio. La prematura muerte de Barovier acabó con todas las expectativas, aunque su socio intentó sacar a flote el negocio con vidrieros de Cuenca, pero no lo consiguió, ya que éstos no supieron obtener la calidad de vidrio que el rey había concertado en el contrato con el veneciano.
(Continuará) |




