Justina Rodríguez García. Departamento de Historia Medieval y Moderna. UNED.

Esta pequeña manufactura en El Escorial reviste un especial interés pues se anticipa en el tiempo, ya que la mayor afluencia de extranjeros al servicio de la Corona tendrá lugar en el último cuarto del siglo XVII, dentro del marco de recuperación económica del reinado de Carlos II.

En 1679, año en el que se creó en España la Real y General Junta de Comercio, cuyo fin primordial era el fomento de la industria, llegó a Madrid, procedente de Flandes, Dieudonné Lambotte, maestro vidriero, que trabajó en Namur en la fabricación de espejos y vidrios planos.

Con el apoyo de la Corona se estableció en San Martín de Valdeiglesias para poner en marcha una manufactura de vidrio suntuario “á la Façon de Venise”, al servicio de la Casa Real.

La envergadura de esta fábrica era de muy distintas proporciones a las de los pequeños hornos artesanales de nuestros vidrieros: Lambotte trajo consigo veinticinco oficiales flamencos y venecianos, mano de obra que consideró necesaria para hacer frente a la producción que se le pedía.

Carlos II aprobó las condiciones del contrato en mayo de 1679, ordenando a la Junta de Comercio los trámites necesarios para su cumplimiento.

El maestro flamenco se comprometió a manufacturar «christal de roca y su fundición para hacer espejos de armar y de todos géneros; vidrios cristalinos para coches, sillas de mano,

ventanas y demás usos y para todo género de piezas que se labran según esta sciencia y arte, incluyéndose las piedras coloridas que se engastan...»

A cambio exigía una serie de condiciones: exención de impuestos, monopolio en la manufacturación de estos productos, venta de los mismos libre de alcabala y otras cargas fiscales, especial estatuto jurídico para él y sus acompañantes, etc.

Tres años permaneció la fábrica activa, aunque, al parecer la calidad de los productos no correspondió a lo que el rey esperaba, y el 19 de septiembre de 1683, Lambotte acuerda traspasarla, por motivos de salud, al vidriero Antonio de Ovando, vecino de Cadalso.

Tras la muerte de Lambotte, la fábrica decayó, intentando levantarla a toda costa el oficial más cualificado que acompañó al vidriero flamenco, Giacomo Bertoletti, de Venecia.

La corta vida de este establecimiento vidriero al servicio de la Corona es un hecho común a todos los intentos de manufacturar en España productos suntuarios con mano de obra extranjera en el último tercio del siglo XVII.

Será necesario esperar a la siguiente centuria para que la nueva dinastía borbónica, siguiendo el ejemplo francés, promueva las manufacturas reales con el objeto de proveer a las casas reales de los necesarios objetos suntuarios.

· El soplador de vidrio (y VII).

Estas fábricas reales estarán también en manos de operarios extranjeros, más experimentados y preparados que los españoles, pero sus resultados económicos tampoco llegaron a ser satisfactorios.

En relación con los artesanos del vidrio españoles, el Archivo de Protocolos de Barcelona y el de la Catedral de la misma ciudad contienen un interesante fondo documental para la localización de estos artesanos del vidrio.

Sus nombres aparecen en contratos, en las Actas de matrimonio, etc., pero por lo general, son escasos los datos que aporta esta documentación a la hora de obtener una información sobre la actividad laboral de estos hombres.

Al igual que en Murano, en Cataluña el oficio de vidriero pasaba de padres a hijos: el apellido Sala aparece repetido en numerosos maestros del siglo XV en Valirromanes, y en la centuria siguiente, en Barcelona.

Los Tremolet trabajaron en Mataró a finales del XVI y principios del XVII; Roig fue el apellido de otra familia activa en Mataró a comienzos del XVII, entre otros ejemplos.

Todos estos datos están tomados del Repertorio de Vidrieros, en RODRÍGUEZ GARCÍA, J., El vidrio veneciano de los siglos XV al XVII y su influencia en Cataluña. Madrid, 1986, t. II, pág. 880 y ss. (Tesis Doctoral inédita).