Lulu mide nueve metros cuadrados. En la ciudad de México también existen cosas pequeñas.

El espacio de proyectos Lulu ha cumplido un año en abril. Dentro de las desmesuradas dimensiones de la capital, este lugar es una minucia con personalidad.

No es una galería de arte, porque quitando una foto que vendieron en su primera muestra su enfoque no es comercial –exponen pero no venden–. No tiene horario de apertura: se debe pedir cita por correo electrónico.

Y está en un domicilio particular, en una estancia que era una salita y que ha sido convertida en un cubo blanco de exposiciones entremetido en la cotidianeidad de sus habitantes, hasta tal punto que para llegar al dormitorio de uno de ellos es necesario cruzar el cubo.

“Es ridículo, y nos gusta”, dice Chris Sharp sobre la experiencia de entrar en un edificio antiguo medio desconchado y encontrarte dentro un limpio habitáculo de museo.

Sharp es uno de los dos fundadores de Lulu. Tiene 40 años y es un comisario estadounidense que trabaja por libre. En Arco 2015 será uno de los comisarios de  Opening, la sección de galerías jóvenes. Sharp vive en la segunda planta del edificio.

 

 

En la primera, donde está el cubo blanco, viven el otro fundador, el artista mexicano Marín Soto-Climent, 36 años, y un artista estadounidense veinteañero que se llama Evan LaMagna.

En la vivienda también reside una gata de tres meses que responde al nombre de Mónica Pelucci y que tiene un bonito pelo color gris topo.

Lulu es un sitio abierto a cualquiera pero por su naturaleza medio escondida sus visitantes suelen ser gente del arte enterada de que existe. En un año ha adquirido un prestigio –en ese sector enterado– inversamente proporcional a su tamaño.

Recientemente han recibido la visita de Glenn Lowry, director de un santuario del arte mundial, el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA). “El arte no tiene por qué ser muy grande para tener impacto”, dice Sharp en una tienda de zumos que está al lado de su casa y cuyo nombre inspiró el de su espacio: Lulú.

Así se llama la propietaria de la tienda de jugos, una señora mexicana. En su negocio se veían para charlar Sharp y Soto-Climent antes de fundar su galería no comercial. Y de ahí salió esa palabra tan femenina con la que bautizaron el proyecto.

 

 

 

Para quien visite este minúsculo centro de arte es recomendable parar antes o después a probar los exquisitos zumos de Lulú.

La exposición actual del espacio se titula The Black Tower y es obra de John Smith, un cineasta experimental británico. “Retrata la arquitectura paranoica y el progresivo quiebro psicológico de un invisible protagonista que lucha para detener y superar los delirios de persecución desencadenados por un torre negra omnipresente”, dice la presentación de la obra en su página web.

De las siete muestras que han hecho en un año, de momento, todos los artistas han sido de fuera de México. Sharp y Soto-Climent tiene interés en que su espacio sea un lugar de presentación de autores que nunca han expuesto en esta ciudad de creciente panorama artístico.

La primera mexicana que ocupará el espacio de Lulu será Aliza Nisenbaum, afincada en Brooklyn, hacia finales del mes de mayo.

Antes de Smith estuvo la sueca Nina Canell con un proyecto exquisito que define a la perfección la idiosincrasia de Lulu. Fue una muestra con cuatro piezas discretas pero con un enorme potencial poético. El tema era algo tan liviano como el hilo.

Una pieza era un cubo de vidrio que tenía dentro un cable eléctrico seccionado y con los conductos interiores al aire. Otra un palo al que sometió a una descarga eléctrica y en la madera quedó grabado el recorrido abrasivo de 5.000 voltios. Otra un hilo deshebrado en dos puntas, teñido como un arco iris y enmarcado entre vidrios. La cuarta era una serie de puntas de hierro suspendidas en el aire por el efecto de un imán escondido tras la pared.

Lulu es un irónico envés artístico de las enormes infraestructuras culturales de la ciudad de México. Dice Soto-Climent: “Si la colección de arte contemporáneo más grande América Latina es la de Jumex, un súper-macro-corporativo de jugos, nosotros jugamos para nuestro espacio con el nombre de una madre de familia que exprime cada naranja con sus manos”.

Si visitan Lulu, sean considerados y no abran la puerta blanca que está en una de las paredes del cubo. Es el dormitorio de Soto.

· Pequeño museo.

Cuadro de texto: Volumen II — Número 66		        	Mayo 2014
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Lulu mide nueve metros cuadrados. En la ciudad de México también existen cosas pequeñas.

El espacio de proyectos Lulu ha cumplido un año en abril. Dentro de las desmesuradas dimensiones de la capital, este lugar es una minucia con personalidad.

No es una galería de arte, porque quitando una foto que vendieron en su primera muestra su enfoque no es comercial –exponen pero no venden–. No tiene horario de apertura: se debe pedir cita por correo electrónico.

Y está en un domicilio particular, en una estancia que era una salita y que ha sido convertida en un cubo blanco de exposiciones entremetido en la cotidianeidad de sus habitantes, hasta tal punto que para llegar al dormitorio de uno de ellos es necesario cruzar el cubo.

“Es ridículo, y nos gusta”, dice Chris Sharp sobre la experiencia de entrar en un edificio antiguo medio desconchado y encontrarte dentro un limpio habitáculo de museo.

Sharp es uno de los dos fundadores de Lulu. Tiene 40 años y es un comisario estadounidense que trabaja por libre. En Arco 2015 será uno de los comisarios de  Opening, la sección de galerías jóvenes. Sharp vive en la segunda planta del edificio.

 

 

En la primera, donde está el cubo blanco, viven el otro fundador, el artista mexicano Marín Soto-Climent, 36 años, y un artista estadounidense veinteañero que se llama Evan LaMagna.

En la vivienda también reside una gata de tres meses que responde al nombre de Mónica Pelucci y que tiene un bonito pelo color gris topo.

Lulu es un sitio abierto a cualquiera pero por su naturaleza medio escondida sus visitantes suelen ser gente del arte enterada de que existe. En un año ha adquirido un prestigio –en ese sector enterado– inversamente proporcional a su tamaño.

Recientemente han recibido la visita de Glenn Lowry, director de un santuario del arte mundial, el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA). “El arte no tiene por qué ser muy grande para tener impacto”, dice Sharp en una tienda de zumos que está al lado de su casa y cuyo nombre inspiró el de su espacio: Lulú.

Así se llama la propietaria de la tienda de jugos, una señora mexicana. En su negocio se veían para charlar Sharp y Soto-Climent antes de fundar su galería no comercial. Y de ahí salió esa palabra tan femenina con la que bautizaron el proyecto.

 

 

 

Para quien visite este minúsculo centro de arte es recomendable parar antes o después a probar los exquisitos zumos de Lulú.

La exposición actual del espacio se titula The Black Tower y es obra de John Smith, un cineasta experimental británico. “Retrata la arquitectura paranoica y el progresivo quiebro psicológico de un invisible protagonista que lucha para detener y superar los delirios de persecución desencadenados por un torre negra omnipresente”, dice la presentación de la obra en su página web.

De las siete muestras que han hecho en un año, de momento, todos los artistas han sido de fuera de México. Sharp y Soto-Climent tiene interés en que su espacio sea un lugar de presentación de autores que nunca han expuesto en esta ciudad de creciente panorama artístico.

La primera mexicana que ocupará el espacio de Lulu será Aliza Nisenbaum, afincada en Brooklyn, hacia finales del mes de mayo.

Antes de Smith estuvo la sueca Nina Canell con un proyecto exquisito que define a la perfección la idiosincrasia de Lulu. Fue una muestra con cuatro piezas discretas pero con un enorme potencial poético. El tema era algo tan liviano como el hilo.

Una pieza era un cubo de vidrio que tenía dentro un cable eléctrico seccionado y con los conductos interiores al aire. Otra un palo al que sometió a una descarga eléctrica y en la madera quedó grabado el recorrido abrasivo de 5.000 voltios. Otra un hilo deshebrado en dos puntas, teñido como un arco iris y enmarcado entre vidrios. La cuarta era una serie de puntas de hierro suspendidas en el aire por el efecto de un imán escondido tras la pared.

Lulu es un irónico envés artístico de las enormes infraestructuras culturales de la ciudad de México. Dice Soto-Climent: “Si la colección de arte contemporáneo más grande América Latina es la de Jumex, un súper-macro-corporativo de jugos, nosotros jugamos para nuestro espacio con el nombre de una madre de familia que exprime cada naranja con sus manos”.

Si visitan Lulu, sean considerados y no abran la puerta blanca que está en una de las paredes del cubo. Es el dormitorio de Soto.

· Pequeño museo.

Cuadro de texto: Volumen II — Número 66		        	Mayo 2014